Escríbeme una carta de amor…
Pobre de mi, pensaba que lo había escuchado todo, “Has conmigo lo que quieras“, “Fóllame hasta que no pueda más“, “Pellízcame los pezones hasta que grite“, “Insúltame“, “Trátame como si fuera una puta“, “¡Mamá, mírame máma!“, “Dime que me quieres… aunque sea mentira“, “¡Mátame, dios mío, mátame!“, “¡No, por ahí no!… bueno, pero despacito“, “Por favor, date prisa, cuentame un cuento antes de que me corra“, “Dime que escribirás algo bueno sobre este polvo“… pero está visto que jamás dejaré de sorprenderme. “Escríbeme una carta de amor“, y se quedó tan ancha mientras yo la miraba con cara de incredulidad. Ahora la cuestión es cómo escribir algo que no sé cómo escribir. Me levanto por la mañana, me miro en el espejo del baño y pienso “Coño, no puede ser tan difícil. Por amor de dios, eres escritor, échale imaginación“, pero, o mi imaginación está de vacaciones, o es que soy incapaz de sacar de mi algo que no tengo por mucho que me esfuerce – Sé por qué, me engaño diciéndome que no lo sé-. Lo cierto es que jamás he escrito sobre algo que no sintiera. Puedo imaginar, ponerme en la piel de un personaje, sacarle jugo a la pasión, el dolor, el amor o el deseo, puedo viajar a sitios en los que jamás he estado, puedo escuchar como silban las balas o discuten los enamorados, los ladrones, los asesinos, los pervertidos, pero no puedo escribir una carta de amor, porque para eso tengo que amar, y no la amo. No ahora mismo, no ahora, no ya. Me gusta, pero no la amo. Me gusta follar con ella, me hace sentir un deseo que no sentía hace mucho, me gusta su cuerpo, aunque a ella no le guste, me gusta sentir como vibra debajo de mi, encima, a un lado, de espaldas, de pie, en la cocina, en el salón, en el patio, en el baño, me gusta su conversación y el sonido de su voz, me gustan sus ojos y sus manos, me gusta su olor, me gusta el sabor de su sexo y sus pezones, la visión de su culo me enerva, me gusta su sonrisa, me encanta verla dormir, me gusta como me toca, me gusta tocarla y besarla… pero no la amo.
Seguir leyendo »
Encantador
En estos tiempos, en los que todos quieren ser encantadores de perros, yo prefiero seguir siendo un encantador de serpientes… no quiero perder la costumbre de ver como las cobras se contonean sibilinas, con esos ojos verdes que miran traspasándote, inhiestas y calculadoras. Me gusta acercarme a las que hacen sonar el cascabel de su cola, con la cabeza chata y enroscadas, peligrosas y concisas, sin mentiras ni ambages. Coger en mis manos una pitón verde pálido, mansa, huidiza, y al mismo tiempo impredecible, que se lanza hacia tu cara con la boca abierta y los ojos perdidos intentando morderte. Dejarme abrazar por una constrictor hasta que me crujan los huesos para decirle al oído sin resuello “Déjame, no puedo más“. Ver pasar a mi lado una mamba, rápida, espeluznante, y ponerme en su camino por si hay suerte y me muerde mientras acaricio su piel oscura y aterciopelada. Contar las rayas de colores de una coral con el corazón desbocado y la incertidumbre de si te dará tiempo de contarlas todas antes de que escape o le dé por matarte.
Sí, en estos tiempos que corren, en los que todos quieren ser encantadores de perros, yo prefiero seguir siendo un encantador de serpientes.
8X







